Son las tres de la mañana y miro al techo de mi habitación
pensando en ti, en tus formas, en tus sombras, en tu inicio, cuerpo y
desarrollo, y ese tremendo desenlace que a veces ni me espero. Por fin llegas y
me abrazas entre tus brazos, esos que me trasladan a un mundo que sólo Sigmund
Freud se acerca a entender, que me cuentan historias que hacen que me sienta
como si fuera otra vez esa niña de siete años yendo con papá de la mano y mi
hermano pequeño a ver a mamá al trabajo. Sé que es la hora de que te marches
cuando tus historias se vuelven cada vez más nítidas y empiezo a escuchar a los
pájaros por la ventana. Y te vas. Y te vas, y miro el poso del café de las
siete con amargura esperando que las horas tengan menos minutos, y los minutos
menos segundos, sólo para verte de nuevo. Te necesito. Mi sueño.
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